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A finales de febrero, en los olivares de las zonas más adelantadas de la Comarca de la Sierra de Cazorla, se comienza a observar la reactivación de la planta tras la parada invernal. Aunque este fenómeno no es aún generalizado, su aparición temprana obliga a evaluar las condiciones ambientales y agronómicas que determinarán el rendimiento de la próxima campaña.
Impacto del déficit hídrico en el desarrollo del cultivo
La meteorología es un factor clave en la productividad del olivar, y los registros pluviométricos recientes confirman un importante déficit hídrico. En un año agrícola normal (septiembre-agosto), la media histórica de precipitaciones en la comarca es de 600 litros por metro cuadrado. Sin embargo, en el periodo de septiembre a febrero del presente año apenas se han registrado 200 litros, un 43% por debajo de lo habitual. Este déficit prolongado desde 2016-2017 ha reducido de forma sistemática la disponibilidad hídrica en el suelo, afectando la resistencia y la capacidad de regeneración de los olivares.
Para alcanzar la media histórica de precipitaciones antes de agosto, sería necesario que cayeran 400 litros por metro cuadrado en los próximos meses, un escenario poco probable dada la persistencia del actual ciclo seco.
Evolución de las temperaturas y su incidencia en la brotación
Las temperaturas también han mostrado un comportamiento atípico. Aunque las mínimas han sido ligeramente más bajas (aproximadamente un grado por debajo del año anterior), la tendencia general indica temperaturas superiores a la media histórica. Este fenómeno ha adelantado la reactivación vegetativa del olivo, lo que podría repercutir en el equilibrio entre desarrollo foliar y producción de fruto.
Perspectivas para la próxima cosecha
El mes de marzo será determinante para definir la evolución de las yemas, que decidirán el potencial productivo de la campaña. Un olivo sometido a estrés hídrico y agotamiento fisiológico tiende a priorizar la regeneración foliar sobre la fructificación, lo que podría traducirse en una menor carga de frutos.
En la última década, la producción media de la comarca ha oscilado entre 180 y 190 millones de kilos de aceituna en condiciones normales. Sin embargo, la falta de precipitaciones ha provocado una disminución sostenida del 24%, situándose en torno a los 145 millones de kilos anuales en los últimos cinco años.
Estrategias de fertilización foliar para mitigar el estrés hídrico
Dada la incertidumbre climática, la fertilización foliar cobra una importancia estratégica. Este método permite aportar nutrientes directamente a la planta, compensando parcialmente las limitaciones del suelo derivadas de la sequía. No obstante, su eficacia está condicionada por el nivel de humedad ambiental. Si el déficit hídrico persiste, el olivo podría cerrar los estomas de sus hojas como mecanismo de autodefensa, reduciendo la absorción de los fertilizantes aplicados.
Por ello, es fundamental iniciar la planificación de la fertilización foliar en esta etapa temprana, garantizando que los nutrientes sean absorbidos antes de que el estrés hídrico limite su asimilación.